1 de agosto de 2010

Memorias de mochilero


Aún no había amanecido, pero ya llevaba varias horas viajando. Había decidido aprovechar la frescura de la noche para adelantar el camino y poder hacer un alto en las horas de más calor. Además contaba con que hasta dentro de una hora no hubiera nadie más por las carreteras y hacer todo el papeleo de las aduanas con tranquilidad. Como equipaje sólo llevaba una mochila alpina a su espalda cargada hasta los topes. No necesitaba más.

Llego a la frontera antes de lo previsto, con los primeros rayos del sol dándole en el casco. No le hizo falta mostrar documentación alguna. Condujo por las calles de la primera ciudad extranjera que pisaba. Nadie se le quedaba mirando como cuando salió de su casa, la suya era la estampa normal al otro lado de la frontera. Al llegar al parking de la estación aminoró la velocidad y colocó su Vespa junto a las otras motos. Tras asegurarse de que quedaría a buen recaudo, guardó el casco y se desapelmazó el pelo.

Entró en la pequeña estación y sin mucho esfuerzo encontró la ventanilla de venta de billetes. En su vasto inglés chapurreo un saludo. Para su sorpresa la contestación fue en español. Un par de frases después ya tenía el billete en sus manos. El billete con destino a una vida nueva.

4 de julio de 2010

Arrivederci¡

Hoy significa el final de una etapa. Y también el comienzo de otra. El ciclo, al menos por ahora, continua sin (demasiados) tropiezos. Hoy es el día en el que tengo que decir adios al "plato caliente sobre la mesa" y hola a "busca y vive tu propia vida". Y también el día en que me iré a recorrer mundo por mi cuenta. Hable con quien hable, la frase se repite: "Disfruta de este verano, será el verano. No volverás a tener otro verano como éste."Son la voz de la experiencia, y hay que creerles.
Dentro de apenas unas horas cogeré el bus que me llevara de destino a la madured. O al menos algo parecido a la independencia. Tal vez dentro de unos años me acuerde de estos momentos con alegría. O no. Eso nadie lo sabe. Pero hay de lo que estoy seguro: algo va a cambiar. Para bien o para mejor.

No se cuado volveré, tan sólo espero hacerlo.

1 de julio de 2010

Nunca es tarde (II)

Caminaban a paso rápido con la cabeza gacha por las calles de la solitaria ciudad.  El tren llegó puntual a la estación, y aunque creyeron que llegarían a tiempo, ya llegaban tarde. Y mirar cada poco el reloj no les serviría de nada. Iba a ser un día muy duro y no había más que comenzado. Ambos llevaban los auriculares en un intento de aislarse de la compañía que horas más tarde buscarían.

Tardaron poco más de veinte minutos en llegar a la impresiontante mole que guardaba la biblioteca estudiantil. Aún estaba cerrada, pero ya sabían que llegaban tarde. Levantó la vista y se fijó por primera vez en los ojos de su acompañante. No tenían el menor rastro de dudas o inquietud. Al menos, tenía la seguridad de que uno de los dos estaba seguro de lo que iban a hacer.

Rodearon el edificio y, subiendo por la escalera de incendios, llegaron a la puerta de la segunda planta, que como siempre, estaba abierta. Sin esfuerzo la empujaron y giraron a la derecha hasta quedar frente a la puerta del despacho del profesor Vilagar. Su refugio cuando aún se podía decir que "estudiaban" en la biblioteca. La puerta estaba entornada, permitía que la luz ambarina de la lámpara del escritorio inundára el corredor. Se aproximaron a la puerta y pudieron oir el leve zumbido del viejo tocadiscos del profesor cuando se acababa el disco.

-Debe de haberse quedado trabajando hasta tarde, como hacía entonces - susurró su compañero mientras empujaba lentamente la puerta.- Aún estamos a tiempo de dar la vuelta si quieres.

-Pasen - respondió una voz grave desde dentro-, les estábamos esperando.

Abrieron la puerta y vieron al profesor de pie junto a la mesa. El paso de los años no le afectaba: el mismo frondoso bigote blanco, las mismas gafas de concha desgastadas y sus temblorosas manos, siempre jugando con un inagotable Bic azul. No les miraba a ellos sino a las dos mujeres que le acompañaban que, sentadas en el viejo tresillo, pasaban desapercibidas.

-Bienvenidos, una vez más- dijó el profesor desde dentro.- No os preocupeis por mi compañía, las conoceis mejor de lo que pensaís.

Tras entrar en el despacho, rodearon el tresillo hasta quedar junto al profesor. Frente a él estaban dos mujeres. No solían ser el tipo de persona que entraba a ver al profesor, estudiantes en busca de apoyo o con demasiadas respuestas; no, ellas daban la impresión de venir en calidad de iguales a conversar con un compañero de investigación. De las dos, él se quedó mirando a los ojos de la que tenía enfrente: unos ojos claros, pero muy profundos. Conocía esos ojos de hacía mucho tiempo, aunque creía que había podido olvidarlos. No necesitaba seguir mirando, ni siquiera preguntar. Nunca era tarde para reencontrarse con su primer amor.